157° Aniversario de la Erección del Estado de Hidalgo
Hidalgo: la tierra que nos nombra
Hidalgo no es solo un estado; es un sentimiento compartido. Es el lugar donde la historia no se guarda en vitrinas, sino que camina todos los días por sus calles, mercados, escuelas y hogares. El 16 de enero de 1869 marcó su nacimiento oficial como entidad federativa, pero su verdadera existencia comenzó mucho antes, en la memoria colectiva de su gente.
Nombrado en honor a Miguel Hidalgo y Costilla, símbolo de lucha y libertad, el estado heredó ese espíritu inconforme, trabajador y solidario que hoy define a quienes lo habitan. Ser hidalguense no es solo una condición geográfica: es una forma de mirar la vida, de resistir, de celebrar y de seguir adelante aun en la adversidad.
Un pasado que vive en el presente
Las raíces de Hidalgo son profundas. Desde los pueblos originarios —otomíes, nahuas y tepehuas— hasta las comunidades que hoy mantienen vivas sus lenguas, danzas y rituales, la historia aquí no se perdió: se transformó.
Las minas de Pachuca y Real del Monte no solo extrajeron plata; forjaron carácter. De ellas surgieron historias de esfuerzo, migración, identidad y hasta tradiciones inesperadas, como los pastes, que pasaron de ser comida extranjera a símbolo orgulloso del estado. Cada túnel, cada calle empedrada y cada iglesia guarda la voz de quienes construyeron Hidalgo con trabajo silencioso.
Lo que nos hace únicos: datos curiosos y entrañables
Hidalgo sorprende cuando se mira con atención. Sus prismas basálticos en Huasca de Ocampo, con formas que parecen irreales, no solo son una maravilla natural: hoy son escenario de fotografías, encuentros y orgullo compartido en redes sociales. Esa misma mezcla entre tradición y presente se vive en los pueblos mágicos, donde calles, leyendas y sabores conviven con el turismo, el arte y la vida cotidiana. La charrería sigue siendo un punto de reunión familiar y comunitaria, mientras que la lucha libre ocupa un lugar especial en el corazón popular: desde las arenas hasta las pantallas, este espectáculo ha unido generaciones enteras y ha dado figuras legendarias como El Santo, nacido en Tulancingo, Hidalgo, cuya imagen trascendió el ring para convertirse en símbolo cultural del país.
La gastronomía también cuenta historias. Los pastes, heredados de la minería inglesa, dejaron de ser una curiosidad extranjera para convertirse en un emblema identitario, celebrado en ferias y festivales que fortalecen la convivencia social. A ello se suma la memoria que guarda el panteón inglés de Real del Monte, recordando que Hidalgo es tierra de encuentros culturales, de influencias que no borran lo propio, sino que lo enriquecen. Entre paisajes, deporte, comida y espectáculo, el estado construye una identidad viva que se comparte, se disfruta y se transmite.
Hidalgo hoy: identidad que se transforma
En la actualidad, Hidalgo vive una etapa de renovación sin perder su esencia. Jóvenes creadores impulsan proyectos culturales, artísticos y digitales; el turismo comunitario cobra fuerza; la gastronomía tradicional se reinventa; y las redes sociales se han convertido en nuevas vitrinas para mostrar al mundo la riqueza del estado.
La música, el deporte, los emprendimientos locales y el rescate de saberes ancestrales conviven con la modernidad. Hidalgo avanza, pero no olvida de dónde viene.
A quienes fueron, a quienes somos
Este no es un adiós. Es un agradecimiento.
A quienes sembraron la tierra, a quienes trabajaron en las minas, a quienes sostuvieron hogares enteros con esfuerzo y esperanza. A las abuelas, los abuelos, las madres y los padres que enseñaron que la dignidad también se hereda.
Hidalgo vive en cada persona que se queda y en cada persona que se va, llevando su origen en la voz, en la memoria y en el corazón. Vive en la nostalgia, en la fiesta, en la lucha diaria y en el orgullo silencioso de decir: soy de Hidalgo.
En su 157° aniversario, el estado no se despide del pasado: lo abraza para seguir caminando.
Porque Hidalgo no solo existe: se siente, se recuerda y se ama.


